Eran las dos del mediodía cuando se encontró con un pescador
que felizmente recogía sus redes llenas de pescado y amarraba su pequeña barca.
El ejecutivo se le acercó…
- ¡Ejem! Perdone, pero le he visto llegar con el barco y
descargar el pescado… ¿No es muy temprano para volver de faenar?
El pescador le miró de reojo y, sonriendo mientras recogía
sus redes, le dijo:
- ¿Temprano? ¿Por qué lo dices? De hecho yo ya he terminado
mi jornada de trabajo y he pescado lo que necesito.
- ¿Ya ha terminado hoy de trabajar? ¿A las dos de la tarde?
¿Cómo es eso posible? – dijo incrédulo, el ejecutivo.
El pescador, sorprendido por la pregunta, le respondió:
-Mire, yo me levanto por la mañana a eso de las nueve,
desayuno con mi mujer y mis hijos, luego les acompaño al colegio, y a eso de
las diez me subo a mi barca, salgo a pescar, faeno durante cuatro horas y a las
dos estoy de vuelta. Con lo que obtengo en esas cuatro horas tengo suficiente
para que vivamos mi familia y yo, sin holguras, pero felizmente. Luego voy a
casa, como tranquilamente, hago la siesta, voy a recoger a los niños al colegio
con mi mujer, paseamos y conversamos con los amigos, volvemos a casa, cenamos y
nos metemos en la cama, felices.
El ejecutivo intervino llevado por una irrefrenable
necesidad de hacer de consultor del pescador:
- Verá, si me lo permite, le diré que está usted cometiendo
una grave error en la gestión de su negocio y que el “coste de oportunidad” que
está pagando es, sin duda, excesivamente alto; está usted renunciando a un
pay-back impresionante. ¡Su BAIT podría ser mucho mayor! Y su “umbral de máxima
competencia” seguro que está muy lejos de ser alcanzado.
El pescador se lo miraba con cara de circunstancias,
mostrando una sonrisa socarrona y sin entender exactamente adónde quería llegar
aquel hombre de treinta y pico años ni por qué de repente utilizaba palabras
que no había oído en su vida. Y el ejecutivo siguió:
- Podría sacar muchísimo más rendimiento de su barco si
trabajara más horas, por ejemplo, de ocho de la mañana a diez de la noche.
El pescador entonces se encogió de hombros y le dijo:
- Y eso, ¿para qué?
- ¡¿Cómo que para qué?! ¡Obtendría por lo menos el triple de
pescado! ¡¿O es que no ha oído hablar de las economías de escala, del
rendimiento marginal creciente, de las curvas de productividad ascendentes?! En
fin, quiero decir que con los ingresos obtenidos por tal cantidad de pescado,
pronto, en menos de un año, podría comprar otro barco mucho más grande y
contratar un patrón…
El pescador volvió a intervenir:
- ¿Otro barco? ¿Y para qué quiero otro barco y además un
patrón?
- ¿Que para qué lo quiere? ¡¿No lo ve?! ¿No se da cuenta de
que con la suma de los dos barcos y doce horas de pesca por barco podría
comprar otros dos barcos más en un plazo de tiempo relativamente corto? ¡Quizá
dentro de dos años ya tendría cuatro barcos, mucho más pescado cada día y mucho
más dinero obtenido en las ventas de su pesca diaria!
Y el pescador volvió a preguntar:
- Pero todo eso, ¿para qué?
- ¡Hombre! ¡¿Pero está ciego o qué?! Porque entonces, en el
plazo de unos veinte años y reinvirtiendo todo lo obtenido, tendría una flota
de unos ochenta barcos, repito, ¡ochenta barcos! ¡Qué además serían diez veces
más grandes que la barcucha que tiene actualmente!
Y de nuevo, riendo a carcajadas, el pescador volvió:
- ¿Y para qué quiero yo todo eso?
Y el ejecutivo, desconcertado por la pregunta y gesticulando
exageradamente, le dijo:
- ¡Cómo se nota que usted no tiene visión empresarial ni
estratégica ni nada de nada! ¿No se da cuenta de que con todos esos barcos
tendría suficiente patrimonio y tranquilidad económica como para levantarse
tranquilamente por la mañana a eso de las nueve, desayunar con su mujer e
hijos, llevarlos al colegio, salir a pescar por placer a eso de las diez y sólo
durante cuatro horas, volver a comer a casa, hacer la siesta,…?
El pescador respondió:
- ¿Y eso no es todo lo que tengo ahora?
